Nombre oficial: República Libanesa Superficie: 10.452 km² Población: 4,4 millones hab. Capital: Beirut (1.500.000 hab.) Nacionalidades y etnias: 95% árabes, 4% armenios, 1% otros Idioma: árabe, francés (oficiales), inglés, armenio Religión: 60% musulmanes, 30% cristianos, judíos Régimen político:república parlamentaria Jefe de Estado: Emile Lahoud Primer Ministro: Fouad Siniora
PIB: 15.8 billones de dólares PIB per cápita: 4,078 dólares Crecimiento anual: 3% Inflación: 3,5% Principales recursos económicos: agricultura, banca, construcción y turismo
Visados: los viajeros de cualquier nacionalidad precisarán visado para entrar en Líbano. A los oriundos de Estados Unidos, España, Argentina, Costa Rica, Chile, México, Panamá, Perú y Venezuela se les facilita un visado a su llegada de tres meses de duración. Se niega la entrada a aquellos que cuenten con visado para Israel, haya sido o no utilizado, e incluso si está caducado, o a quienes posean en su pasaporte cualquier sello de este país. Condiciones sanitarias: es aconsejable vacunarse contra la poliomielitis, el tétanos y la fiebre tifoidea. Hora local: GMT+2; GMT+3, en verano Electricidad: 220 V, 50 Hz Pesos y medidas: sistema métrico
Monedalibra libanesa Comidas · Presupuesto bajo: entre 3.000 y 5.000 liras · Presupuesto medio: entre 5.000 y 10.000 liras · Presupuesto alto: a partir de 10.000 liras Alojamiento · Presupuesto bajo: entre 10 y 20 dólares · Presupuesto medio: entre 20 y 80 dólares · Presupuesto alto: a partir de 80 dólares Comparado con otros países del Mediterráneo y de Oriente Próximo, Líbano resulta un país bastante caro, y con especial incidencia en el alojamiento. Aun así, el viajero que controle sus gastos y dedique un esfuerzo para encontrar un hospedaje económico y alimentos en puestos callejeros podrá subsistir con unos 25-30 dólares al día. Si se dispone de mayor presupuesto, el gasto diario puede oscilar entre 50 y 80 dólares, teniendo en cuenta el elevado coste de los hoteles. Si bien los precios de las habitaciones disminuyen más allá de la capital, el de la comida se mantiene en un baremo similar: quien se conforme con falafel y shawarma gastará escasos dólares diarios en alimentarse. El transporte público, incluyendo los autobuses de largo recorrido, habitualmente no sobrepasa los 5 dólares. La mayoría de entidades bancarias canjean tan sólo dólares y libras esterlinas, en efectivo o cheques de viaje. Los cambistas, que abundan por todo Líbano, aceptan prácticamente cualquier divisa y ofrecen cambios más favorables que los propuestos por los bancos. Es aconsejable que el viajero verifique en la prensa la cotización del día y busque las mejores ofertas. Las tarjetas de crédito internacionales son aceptadas en los grandes establecimientos y, cada vez con mayor frecuencia, en restaurantes y otros comercios. En general, se espera propina a cambio de cualquier servicio. Una de las consecuencias de la devaluación de la moneda libanesa ha afectado a los sueldos, y las gratificaciones se han convertido en un suplemento esencial para redondear los ingresos. La mayoría de restaurantes y locales nocturnos incluyen un recargo del 16% sobre la cuenta, pero se suele añadir entre el 5 y el 10% en concepto de propina. A excepción de algunos precios establecidos, en Líbano es posible regatear sobre cualquier producto, desde una carrera de taxi hasta las tarifas de un hotel. La mayoría de los complejos hoteleros ofrecerán descuento a los viajeros que permanezcan más de tres días. Beirut Conocida otrora como el París de Oriente, Beirut recibió un fuerte castigo durante los 16 años de guerra en Líbano. La urbe no se ha recuperado aún ni de los bombardeos, ni de la llegada masiva de refugiados; de ahí que muchos recién llegados se queden boquiabiertos ante la destrucción, la reconstrucción, el apiñamiento y el caos existentes. Situada en el mismo centro de la costa libanesa mediterránea, Beirut refleja todo tipo de contrastes: edificaciones de exquisita arquitectura conviven con grotescas masas de cemento; casas tradicionales rodeadas de jardines perfumados de jazmín sobreviven, empequeñecidas, a la sombra de modernos edificios; viejos y sinuosos callejones nacen de anchas avenidas; y ostentosos automóviles modernos compiten en la calle con carros de vendedores. Aunque no quede mucho por ver, persiste su carácter vibrante y su encanto. En el barrio de Hamra, en el noroeste de la urbe, se hallan bancos, hoteles, cafeterías y la oficina de correos; esta zona se presta a ver escaparates y empaparse del ambiente de la ciudad. Al norte de Hamra, la Universidad Americana de Beirut cuenta con un museo de arqueología, aunque no tan espectacular como el Museo Nacional, reinaugurado en 1999 tras un período de reconstrucción. Su colección de estatuillas fenicias resulta particularmente interesante. En el este de Beirut, una espléndida villa del siglo XIX, de estilo italiano, alberga al elegante Museo Sursock, que ofrece exposiciones de platería turca, iconos y arte contemporáneo libanés, y que cuenta además con una pequeña pero atractiva biblioteca. Una visita al Distrito Central de Beirut (conocido como Downtown) permitirá al viajero hacerse una idea aproximada de lo que esta población sufrió durante la guerra. Partes de esta zona se están restaurando, otras han sido derribadas con bulldozers o convertidas en un paisaje apocalíptico de proyectiles estallados. La plaza de los Mártires, el centro del distrito, se ha demolido en su práctica totalidad (únicamente permanece en pie la conmovedora estatua de los Mártires); un enorme cartel muestra el proyecto que se pretende realizar en este lugar. La mezquita Omari, también denominada la Gran Mezquita, es uno de los escasos edificios históricos que se conservan: originalmente construida como iglesia de los cruzados en la época bizantina, fue convertida en mezquita en 1291. La gruta de las Palomas constituye la atracción natural más famosa de la capital. Estos arcos de roca que surgen del mar se convierten en un hermoso complemento de los acantilados de la costa de Beirut, y los habitantes de la urbe suelen reunirse en ese enclave para admirar la puesta de sol y alejarse del ruidoso tránsito. También resulta delicioso pasear por el Corniche, el sendero que bordea la costa, y respirar el aire marino, tomarse un café servido en la parte trasera de una furgoneta o probar algún alimento expuesto en los carritos de los vendedores ambulantes. Biblos En la costa, a unos 40 km al norte de Beirut, se encuentra la milenaria Biblos, una de las ciudades habitadas más antiguas del mundo. De hecho, su origen se remonta al Neolítico, hace unos siete mil años. Durante el tercer milenio a.C., esta urbe se convirtió en el puerto comercial más importante de la zona, punto de partida del envío de madera de cedro y aceite a Egipto. Hasta el siglo X a.C., Biblos constituyó el principal centro de la cultura fenicia, y allí se desarrolló un alfabeto fonético, precursor de los alfabetos del mundo moderno. Invadida sucesivamente por persas, Alejandro Magno, romanos, bizantinos y árabes, Biblos finalmente cayó en el olvido después de ser tomada, y posteriormente abandonada, por los cruzados. Antes de la guerra civil, Biblos resultaba una parada obligada de la jet set, y tanto el puerto histórico como su pintoresco casco antiguo permanecen en buen estado de conservación. Para acceder a las ruinas, al sur de la ciudad vieja, se deben atravesar los restos de un castillo de cruzados, que domina los muros medievales de la urbe. Desde este punto se pueden divisar vestigios de cabañas que datan del quinto milenio a.C., el templo de Baalat Gebal, de 2800 a.C., un templo con forma de L construido hacia 2700 a.C., dos tumbas reales y un templo de comienzos del segundo milenio a.C., además de un anfiteatro romano. Otro atractivo a descubrir es el Museo de Cera, donde se retrata la historia del país mediante una serie de escenas algo extrañas y, en ocasiones, incluso tétricas. Cerca de la institución cultural, se halla la iglesia de San Juan, construida por los cruzados. Además, Biblos cuenta con un souq (mercado) muy animado, y dispone de una atractiva playa con algunos vestigios submarinos. Si bien únicamente cuenta con un par de hoteles, abundan los establecimientos donde comer. Trípoli Sita a 86 km al norte de Beirut, Trípoli se erige como la segunda metrópoli de Líbano en número de habitantes, además de constituir el principal puerto y centro comercial del norte del país. Si bien es más moderna que el resto de poblaciones libanesas, su atractivo reside en su historia medieval y la arquitectura mameluca. Esta urbe sobrevivió a la guerra civil en mejor estado que la mayoría de ciudades de la nación, y aún conserva el encanto árabe, con sus callejones estrechos, sus souqs, un ritmo de vida apacible y gente amistosa. Trípoli es famosa, igualmente, por ser la capital dulce de Líbano, y un viaje a este municipio restaría incompleto sin una visita a uno de sus comercios de pegajosos y suculentos dulces. La urbe cuenta con dos zonas principales: al-Mina (zona portuaria), que se adentra en el mar; y la ciudad propiamente dicha. En el centro se sitúa Sahet et-Tall, una gran plaza donde el viajero encontrará la estación de autobuses, alojamientos y restaurantes. La ciudad antigua se extiende hacia el Este y forma un laberinto de callejones estrechos, animados souqs, baños turcos o hammams, khans, mezquitas y madrazas (escuelas de teología). En este bullicioso enclave, los artesanos trabajan de la misma forma que desde el siglo XIV. Esta localización posee igualmente bellas muestras de arquitectura mameluca, entre las que se cuentan la mezquita Taynal, del siglo XIV, la madraza Qartawiyya y el intrincado mihrab (nicho) de la mezquita y madraza Burtasiya. Originalmente construida por los cruzados en 1103, la ciudadela de Saint-Gilles domina Trípoli. Gravemente dañada por el fuego en el siglo XIII, fue parcialmente reconstruida en el XIV, y desde entonces ha sido modificada en diversas ocasiones, pero mantiene su esplendor original. En al-Mina, merece la pena visitar la torre del León, único ejemplo que se conserva de un grupo de estructuras construidas por los mamelucos para defender la ciudad. Tiro La antigua Tiro, situada en la costa sur de Líbano, fue fundada por los fenicios en el tercer milenio a.C. En sus orígenes, Tiro constituía un poblado en tierra firme y una ciudad en una isla; en el siglo IX a.C., bajo el mandato de Hiram, la isla quedó unida al continente por una estrecha carretera. En el siglo IV, cuando arribaron las tropas de Alejandro Magno, se cortó la antigua carretera y se construyó una especie de muelle o rompeolas. Como el muelle poseía mayores dimensiones que la antigua carretera, la isla pasó a ser una península. En tiempos de los fenicios, Tiro era famosa por sus industrias de tinte púrpura y de fabricación de objetos de cristal; en la actualidad, es conocida por sus vestigios romanos. La zona antigua se ubica en la península; la moderna está situada hacia el interior. Al Sur, se levantan las reliquias del Tiro romano. Entre las ruinas romanas se cuenta una carretera bien conservada, que atraviesa un arco monumental. En uno de sus costados está bordeada por un acueducto, y a ambos lados se erigen cientos de sarcófagos de mármol y piedra ornamentados con inscripciones complejas. El hipódromo, construido en el siglo II d.C., es el más grande y mejor preservado del planeta, y en sus restos se celebra un festival cada verano. Como Tiro se encuentra a sólo 20 km al norte de la frontera con Israel, es posible que, en situaciones de conflicto, el área circundante atraiga la atención de los artilleros israelíes. Es aconsejable evitar la zona si se vislumbran tensiones, pero en otros momentos no se considera peligroso visitarla. Bcharré La ruta hasta Bcharré y Los Cedros, a unos 30 km hacia el interior desde Trípoli, atraviesa algunos de los paisajes más hermosos de Líbano. La carretera sigue las laderas de las montañas y sube serpenteando sobre escarpados y espectaculares desfiladeros. Poblaciones de viviendas con techumbres de tejas rojas surgen sobre las colinas o cuelgan precariamente de las laderas, y en cada curva se atisba un panorama de olivares, viñedos, valles exuberantes y cimas montañosas. En Bcharré se encuentra el Museo Gibran. El renombrado escritor y artista Khalil Gibran nació en este municipio, y fue enterrado en un antiguo monasterio que domina el pueblo. El museo posee una nutrida colección de óleos, dibujos y gouaches de Gibran, además de muchos de sus manuscritos. Igualmente, puede visitarse su tumba en la antigua capilla del monasterio; en la misma sala se han emplazado una silla, una mesa, y otros objetos que le pertenecieron. Al norte de Bcharré, la carretera continúa su ascensión hasta lo que se conoce como Arz Ar-rab (los cedros de Dios), el último bosque de bíblicos cedros que pervive en el territorio libanés. Se trata de una arboleda pequeña -en otros tiempos los cedros crecían por todo el territorio, pero este recurso fue explotado abusivamente-. Algunos de estos árboles datan de hace mil quinientos años, y el lugar ha sido declarado Monumento Nacional. Por debajo de Bcharré, en la espectacular garganta de Qadisa se ubican las tumbas de los primeros patriarcas maronitas, así como algunos monasterios excavados en la piedra. Este paso estrecho entre las montañas es un paraíso para quienes practican el senderismo, y puede recorrerse por arriba y por abajo. Baalbek Baalbek, a 86 km al noreste de Beirut, recibió su nombre en honor del dios fenicio Baal. Los griegos lo rebautizaron Heliopolis y, más adelante, los romanos lo utilizaron como centro de adoración a Júpiter. Baalbek aparecía entonces como la urbe más importante de la Siria romana. En tiempos más recientes, estableció su sede Hezbolá, fundamentalistas islámicos que se oponen a Occidente, y fue en 1999 cuando la población reabrió sus puertas al turismo. Si bien la ciudad moderna es muy pequeña, sus vestigios romanos conforman, probablemente, la zona arqueológica más rica de Líbano. El complejo de templos de Baalbek constituye uno de los más grandes del mundo. Mide unos 300 m de largo y posee dos templos con pórticos, dos patios y un recinto construido durante el período árabe. El templo de Júpiter, completado hacia el año 60 d.C., culmina una elevada plataforma que se yergue sobre una impresionante escalinata; únicamente seis de sus enormes columnas (22 m) se mantienen en pie, lo que basta para hacerse una idea de la escala del edificio original. En los alrededores, el templo de Baco, construido hacia el año 150 d.C., se encuentra en un buen estado de conservación. Alejado del área principal se halla el pequeño y exquisito templo de Venus, una hermosísima edificación circular con columnas estriadas. Zahlé A unos 40 km de Beirut, hacia el interior, se encuentra Zahlé, un apacible y atractivo lugar de veraneo junto a las empinadas orillas del río Birdawni. En la zona alta de la población, bordeando el río, se enclavan docenas de restaurantes al aire libre a los que acuden, durante el período estival, tanto sus habitantes como visitantes llegados de Beirut que desean disfrutar de una de las mejores cocinas de Líbano. Zahlé aparece como el mejor enclave para saborear el arak, una especie de coñac, con sabor anisado, que se produce con los restos fermentados de la elaboración del vino. Resulta un alcohol puro y transparente, que emborracha rápidamente, pero que, por fortuna, no produce resaca. Después de unos cuantos tragos, incluso parece bebible. BeiteddineA unos 50 km al sureste de Beirut, se encuentra Beiteddine (Casa de la Fe), cuyo nombre hace referencia tanto a la población como al magnífico palacio que, encaramado sobre una montaña de 850 m de altura, parece surgir de un cuento de hadas; un exquisito capricho de Scherezade interpretado con elegancia italiana (los arquitectos, de hecho, eran italianos). En 1788 se inició su construcción, que no finalizaría hasta treinta años más tarde; durante ese período el emir Bashir, gobernador otomano, se encargó de supervisar la edificación de un monumento que debía reflejar el poder y la gloria de su reino. Quien visite Beiteddine agradecerá la vena ególatra de los otomanos, ya que legaron una de las mejores muestras existentes de la arquitectura libanesa del siglo XIX. Ni siquiera la invasión israelí destruyó esta edificación, aunque se estima que se perdió el 90% de los singulares y valiosos objetos que contenía. Su grandiosidad se refleja en sus tres jardines principales, las enormes caballerizas abovedadas, los pequeños museos, los aposentos para huéspedes, las fuentes, los pórticos de mármol, la marquetería, los lujosamente decorados hammams (baños turcos) salpicados por todo el complejo y su colección de mosaicos bizantinos. Muchas de estas cerámicas pertenecieron a la antigua ciudad de Porfirión, de donde fueron extraídos para su custodia en el palacio durante la guerra. Esta colección está considerada una de las más espectaculares del Mediterráneo oriental, e incluso del planeta. Durante los meses de julio y agosto, se celebra en la población un festival en el que se presenta una mezcla ecléctica de músicos, cantantes, bailarines y actores árabes e internacionales. Las montañas y los desfiladeros de Líbano ofrecen oportunidades fantásticas para el senderismo. Como, en general, las distancias son relativamente cortas, el viajero que lo desee no encontrará problema alguno para toparse con una población donde pernoctar. En Líbano, existen seis estaciones de esquí importantes, con pistas de distintos niveles de dificultad. En todas se facilita el alquiler del equipo a un precio razonable. En la costa libanesa escasean las playas de arena; por lo general, quienes desean nadar deben lanzarse al agua desde las rocas o plataformas construidas en los muelles. Las playas más preciadas se sitúan en la parte meridional del país, al sur de Tiro; también son aceptables las que se hallan en las proximidades de Biblos y en Chekka, junto a Trípoli. Las zonas para remojarse entre las rocas suelen resultar las más adecuadas para practicar el buceo con tubo; también son muy populares el esquí acuático, el windsurf y la navegación a vela. La abundancia de recursos naturales y de promontorios favorables a las instalaciones portuarias en la costa, junto a las posibilidades defensivas que ofrecen sus tierras altas, han atraído a Líbano -la bíblica tierra de leche y miel- a innumerables conquistadores. De hecho, la historia de esta nación incluye un buen número de oportunistas, saqueadores y charlatanes. Los primeros habitantes arribaron al litoral libanés hacia el año 10000 a.C.; unos siete mil años después, sus aldeas se habían transformado en prototipos de ciudades. Hacia 2500 a.C., la costa había sido colonizada por pobladores fenicios, que, más adelante, se convirtieron en una de las primeras grandes civilizaciones del Mediterráneo. Los fenicios nunca se unificaron políticamente: su prosperidad se fundamentaba en el resultado de su habilidad comercial y el esfuerzo intelectual que emanaba de diversas ciudades-estado. Además de dominar los mares gracias a su destreza como navegantes y a la superioridad de sus embarcaciones, los fenicios eran artesanos excepcionales y crearon el primer alfabeto. En el siglo IX a.C., aparecieron los asirios, dando fin al monopolio fenicio del comercio mediterráneo. Posteriormente tomaron el poder los babilonios, quienes, a su vez, fueron conquistados por los persas (vistos por los fenicios como libertadores). El ocaso del pueblo fenicio se consumó en el siglo IV a.C. tras la invasión de Oriente Próximo por parte de Alejandro Magno; en ese momento Fenicia inició una helenización espontánea. En el año 64 a.C., Pompeyo el Grande conquistó el territorio, que pasaría a formar parte de la provincia romana de Siria. Bajo el mandato de Herodes el Grande, Beirut se convirtió en un núcleo importante, y se erigieron templos espectaculares en Baalbek. A medida que el Imperio Romano se desintegraba, el cristianismo se arraigaba y, ya en el siglo IV d.C., Líbano se encontraba bajo el dominio bizantino, con capital en Constantinopla (actual Estambul). La imposición de las creencias cristianas ortodoxas no fue bien aceptada, así que la llegada de los mahometanos predicando la palabra de Alá apenas encontró resistencia en Líbano. Los omeyas, primera gran dinastía musulmana, gobernaron Líbano aproximadamente durante un siglo, a pesar de la oposición de judíos y cristianos libaneses, en especial de la secta maronita siria, que se refugió en los alrededores del monte Líbano. En el año 750, los omeyas fueron derrotados por los abasíes, y Líbano se convirtió en un rincón olvidado del Imperio Abasí de influencia persa. Su gobierno permaneció hasta el siglo XI, cuando fue derrocado por la dinastía fatimí que, a su vez, se mantuvo a duras penas en el poder hasta el levantamiento de los cruzados. Si bien su objetivo se focalizaba en Jerusalén, los cruzados avanzaron por las costas siria y libanesa, donde entraron en contacto con los maronitas antes de atacar la Ciudad Santa. Los musulmanes de la dinastía ayubí controlaron los territorios de Siria, Egipto, Arabia occidental y diversas zonas de Yemen, hasta que, a finales del siglo XIII, fueron destronados por los mamelucos, grupo de mercenarios esclavos que gobernaron Líbano durante unos trescientos años. Desaparecieron con el surgimiento del Imperio Otomano, y líderes tribales libaneses -los emires Tanukhid (drusos) de Líbano Central y los maronitas- formaron alianzas contrapuestas con varias facciones locales. El sultán otomano Selim I conquistó Líbano en 1516-1517, pero el poder otomano fue socavado temporalmente por el emir de los drusos Fajr al-Din II (1586-1635). Además de ambicioso, al-Din era astuto y políticamente muy hábil, lo que le permitió unificar, por primera vez en la historia, el área que en la actualidad se conoce como Líbano. Tras la ejecución del emir por parte de quienes le habían apoyado, subió al poder su sobrino Ahmad Maan que, aunque no era tan hábil, el imperio otomano le recompensaría por su trabajo con un emirato. Al morir, el gobierno pasó a manos de la familia Shihab, que reinó hasta 1840, año en que las luchas internas pusieron fin a la era de los emires. En 1842, los otomanos dividieron el área del monte Líbano en dos regiones administrativas: una drusa y otra maronita. Las disputas se produjeron de inmediato entre ambos grupos; este conflicto ya había sido previsto y fomentado por los otomanos, que pusieron en práctica una política de divide y vencerás. En 1845 se había declarado una guerra entre drusos y maronitas, así como entre campesinos y sus señores feudales. Presionados por Europa, los otomanos unificaron la administración libanesa bajo el mando de un gobernador cristiano otomano; como consecuencia, se abolió el sistema feudal. Siguió una época de estabilidad y prosperidad económica, que finalizaría con el estallido de la I Guerra Mundial, cuando, bajo el dominio militar turco, Líbano sufrió una feroz hambruna. En 1922, después de la victoria de los Aliados, la Sociedad de las Naciones confirmó a Francia el ejercicio de su mandato sobre el territorio libanés. En 1944 se hizo efectiva la independencia de Líbano, transformándose en un importante centro de comercio. Pero existía un problema importante: el poder permanecía en manos de la población cristiana conservadora, y los musulmanes (prácticamente la mitad de la población) se sentían excluidos del gobierno. A esta situación debía añadirse el gran número de palestinos desplazados a estas tierras. En 1975, se declaró la guerra civil entre los palestinos, unidos a la izquierda libanesa, y los falangistas, que contaban con el apoyo de diversas organizaciones cristianas. A lo largo de los dieciséis años que siguieron, complejos conflictos civiles e internacionales, con algunos secuestros que alcanzaron gran notoriedad, se convirtieron en algo habitual. Este complejo período queda resumido en las siguientes líneas: respondiendo a una petición del presidente libanés, Siria intervino en 1976 para forzar una paz precaria entre musulmanes y cristianos, apoyando a los falangistas y sus aliados; en marzo de 1978 el ejército israelí invadió el sur del territorio libanés y se creó una milicia para proteger al norte de Israel de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP); el consejo de seguridad de la ONU exigió la retirada de las fuerzas israelíes y creó una fuerza interina de las Naciones Unidas para Líbano (FINUL) para sofocar las luchas internas entre cristianos y musulmanes. En 1982, Israel sitió Beirut con el propósito declarado de erradicar a la OLP; además, apoyó a las milicias cristianas en el asesinato de civiles palestinos. Tras un acuerdo entre norteamericanos, libaneses e israelíes, Estados Unidos evacuó a las fuerzas palestino-sirias, y se desplegó una Fuerza Multinacional por Imposición, compuesta de estadounidenses, franceses, británicos e italianos. Tras un acuerdo libanoisraelí (mayo 1983) que establecía las condiciones de retirada de los israelíes, se produjeron enfrentamientos entre drusos, apoyadas por Siria, y falangistas, y entre unidades del ejército libanés y milicias drusas y chiitas. La Fuerza Multinacional sufrió numerosas bajas y se retiró a principios de 1984. Paulatinamente, los sirios alcanzaron una posición hegemónica en las áreas musulmanas de Líbano, hasta que en 1988, el nuevo gobierno militar libanés trató de expulsarlos. El intento fracasó, y las luchas persistieron hasta la llegada al poder de Elias Hrawi (noviembre de 1989), cristiano maronita moderado en buenas relaciones con Siria. En 1992, los rehenes extranjeros fueron liberados, y las tropas sirias iniciaron su retirada. En agosto de 1992, por primera vez en veinte años, se convocaron elecciones parlamentarias, y los fundamentalistas musulmanes del partido proiraní Hezbolá obtuvieron el mayor número de escaños. Rafiq al-Hariri se convirtió en primer ministro. Los enfrentamientos entre la milicia chiita Hezbolá y los soldados israelíes continuaron hasta 1993, culminando con la Operación Uvas de la Ira, que supuso el bombardeo israelí de ochenta poblaciones del sur de Líbano. El conflicto estalló de nuevo en 1996, cuando Israel lanzó nuevos ataques aéreos sobre el sur de Líbano y Beirut. La opinión pública internacional condenó las acciones israelíes, y la ONU rápidamente negoció un alto el fuego. Estos prolongados conflictos armados han costado unas 150.000 vidas libanesas y han arruinado al país. En la actualidad, la infraestructura de Líbano se recupera a buen ritmo mientras que la economía lo hace con mayor lentitud. Su gran problema se basa en continuar a merced de unas circunstancias y situaciones en Oriente Próximo que escapan de su control. En las últimas décadas, muchas fuerzas en conflicto en la zona (tanto la OLP como sirios, iraníes, israelíes o la ONU) han utilizado el territorio de Líbano como campo de batalla en pro de sus propias causas. En 1999, el recién elegido primer ministro israelí, Ehud Barak, se comprometió a la retirada de su país de la zona de seguridad en el sur de Líbano, donde las tropas israelíes y la milicia Hezbolá permanecían enfrentadas. Barak cumplió su palabra en mayo de 2000, a pesar de la inquietud siria por la ocupación israelí de los altos del Golán. Cuando el ejército israelí inició la evacuación de la zona, Hezbolá se introdujo con rapidez, obligando a los soldados israelíes a una caótica retirada bajo un intenso fuego, mientras los civiles libaneses lanzaban piedras y botellas. Una vez se hubo disipado el humo, ingenieros de Hezbolá trabajaron para restablecer la electricidad y el agua, sin las que los civiles libaneses habían vivido durante buena parte de la ocupación. Aunque se espera que las tensiones entre Líbano e Israel se vayan enfriando, lo más probable es que permanezca la inestabilidad en la frontera por algún tiempo. Líbano ofrece una gran variedad de manifestaciones artísticas, tanto tradicionales como contemporáneas. El dabke, un vigoroso baile folclórico, es la danza nacional. La clásica danza del vientre, que representa el paso de novia virginal a mujer sensual, aún juega un papel destacado en las bodas, y también es frecuente en locales nocturnos. La música árabe folclórica se basa en melodías discordantes y ritmos complejos, con frecuencia acompañados por una intrincada superposición de cantos. Entre los instrumentos utilizados se encuentran el oud, instrumento de cuerda en forma de pera; la tabla, instrumento de percusión de arcilla, madera o metal y piel; el nay, especie de gaita abierta con un solo tubo que produce un sonido exquisito y de gran suavidad; y el qanun, un instrumento plano trapezoidal con un mínimo de 81 cuerdas. La prosa y la poesía siempre han disfrutado de un lugar prominente en la cultura libanesa. Una forma de poesía muy extendida es el zajal, diálogo ingenioso en el que un grupo de poetas improvisa versos incorporándolos a canciones. La figura literaria libanesa más conocida es el poeta del siglo XIX Khalil Gibran, que exploró el misticismo cristiano en su obra. Entre los escritores contemporáneos destacan Amin Maalouf, Emily Nasrallah y Hanan Al-Shaykh.
Aproximadamente el 60% de la población de Líbano profesa el islamismo, y el 40% restante practica el cristianismo. El chiismo constituye la variante musulmana con más creyentes, seguida por el sunnismo y por los drusos. Estos últimos aparecen como uno de los fenómenos religiosos más interesantes de Oriente Próximo. Si bien su origen se fundamenta en el islam, su ortodoxia difiere de tal forma de esta religión que, con frecuencia, está considerada una doctrina independiente. Los drusos creen en la reencarnación de Dios en distintos hombres pertenecientes a épocas diferentes; el último de ellos fue al-Hakim, sexto califa fatimí de Egipto, fallecido en 1021 d.C. Además de aceptar la reencarnación, también creen en la existencia de un número predeterminado de almas. Los miembros de esta religión se reúnen los jueves al anochecer en lugares discretos para orar; no se permite la asistencia a todos aquellos ajenos a la secta. La comunidad cristiana con mayor número de fieles es la iglesia maronita, seguida de la griega ortodoxa, la griega católica, la siria católica, la caldea, la protestante y la ortodoxa. A pesar de contar con dos idiomas oficiales, árabe y francés, es el primero el predominante, y el inglés se utiliza en mayor medida en los círculos financieros y de negocios. Los árabes conceden gran importancia a los buenos modales: es habitual presenciar cualquier intercambio precedido de un largo saludo, preguntas sobre la salud del prójimo y un sinnúmero de atenciones. Aunque por su condición de ajnabi (extranjero) no se espera que el viajero conozca de entrada qué está bien o mal visto, se le demostrará respeto a quien trate de utilizar la expresión correcta en el momento adecuado. De hecho, cualquier esfuerzo que el viajero haga por comunicarse en árabe con los libaneses será apreciado. Aun si su pronunciación es desastrosa, lo más seguro es que le respondan: "¡Qué bien habla usted árabe!". La gastronomía libanesa constituye un placer de muy fácil alcance. Con ingredientes frescos y sabrosos, junto a refinadas especias, los libaneses han adaptado lo mejor de las cocinas turca y árabe aderezándolo con un toque francés. Una comida típica incluye algunos mezze, o entrantes, como empanadillas de espinacas, salsas, queso curado, pizza y hojas de parra rellenas. Le sigue un plato principal de carne (por lo general, cordero) o pescado, con frecuencia rellenos de arroz y frutos secos, acompañados de una ensalada al estilo del tabouleh o fattoush. El plato nacional, kibbeh, consta de una mezcla de carne de cordero picada y trigo bulgur, y se puede comer crudo, horneado o frito. El broche de oro corre a cargo de una porción de melosa baklava, u otros postres a base de sémola y nueces. El café árabe es una bebida muy apreciada por la población. Entre los refrescos destacan el jellab, una deliciosa bebida preparada con uvas pasas y que se sirve con piñones; y el ayran, una consumición de yogur. Las bebidas alcohólicas son económicas y fáciles de conseguir. La más popular, el arak, se mezcla con agua y hielo. Líbano se enclava en la costa oriental del mar Mediterráneo, y limita con Siria por el Norte y el Este, y con Israel al Sur. Constituye uno de los países más pequeños del mundo, con unos 180 km de Norte a Sur y aproximadamente 50 km de Este a Oeste. A pesar de su tamaño, Líbano cuenta con regiones geográficas muy distintas entre sí. Posee una estrecha y accidentada franja costera donde se ubican las principales ciudades. Hacia el interior se eleva la cordillera del Líbano, con crestas y picos majestuosos; el más alto, Qurnat al-Sawda, supera los 3.000 m de altitud. Esta cadena montañosa finaliza abruptamente en la depresión de Bekaa, que se extiende 150 km en paralelo a la costa, a 1.000 m sobre el nivel del mar. La región de Bekaa es conocida por sus vinos y, hasta fechas recientes, se cultivaban grandes cantidades de cannabis. Al este de esta meseta interior se alza el escarpado y árido macizo de la cordillera del Antilíbano, formando una frontera natural con Siria. En la actualidad, la planta más famosa de Líbano, el cedro, únicamente puede encontrarse en la cima de algunas montañas, en especial en Bcharré y en los montes Chouf, cerca de Baruk. Despoblados bosquecillos son todo lo que queda de los espesos bosques de cedro que cubrían la mayor parte de este territorio en tiempos bíblicos. Sin embargo, Líbano persiste como el país más arbolado de Oriente Próximo: distintas variedades de pino crecen en las montañas, y en gran parte de la llanura litoral se cultivan árboles frutales. En las regiones montañosas habitan aves rapaces, y en las zonas protegidas en las inmediaciones de Ahden abundan las águilas reales e imperiales, ratoneros comunes, milanos rojos, águilas perdiceras, currucas sardas y autillos. Frente a la costa de Trípoli, en el parque Palm Islands, es posible avistar aves acuáticas, locales y migratorias. En las aguas que rodean la reserva viven tortugas verdes y focas monje del Mediterráneo. Respecto a los mamíferos terrestres en estado salvaje, nada supera la experiencia de toparse con un singular puercoespín. La ecología de Líbano se ha visto seriamente afectada por la guerra civil y la creciente industrialización. Durante la guerra, desechos y diferentes sustancias contaminantes fueron arrojados al mar y los ríos, y se levantaron edificaciones improvisadas por doquier. Numerosas zonas montañosas sufrieron indiscriminadas talas de árboles y extracciones de mineral, consecuencia del escaso control estatal. Diversas organizaciones ecologistas han tratado de remediar los daños y proteger el medio ambiente apoyando la aprobación de medidas legislativas y el establecimiento de zonas protegidas. Con una topografía tan cambiante, el clima varía considerablemente de una región a otra. Líbano cuenta con tres zonas climáticas claramente diferenciadas: la llanura litoral, las tierras altas y la depresión de Bekaa. En la franja costera, los inviernos son frescos y lluviosos, mientras que los veranos, típicamente mediterráneos, destacan por su calidez, en ocasiones, sofocante. La región montañosa posee el típico clima alpino. Durante el período estival, muchos se desplazan hacia esa zona huyendo del agobiante calor de Beirut, y en la época invernal regresan para disfrutar de la nieve. En la meseta interior de Bekaa, los veranos aparecen calurosos y desérticos, mientras que los inviernos, fríos y secos, se caracterizan por fuertes vientos, nieve y escarcha. 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