Nombre oficial: Reino de Marruecos Superficie: 446.550 km² Población: 31.167.783 hab. Capital: Rabat Nacionalidades y etnias: 55% árabes, 44% bereberes, 0,7% extranjeros Idioma: árabe (oficial), bereber, además de francés, español e inglés Religión: 98% musulmanes, 1% cristianos, 1% judíos Régimen político: monarquía constitucional Jefe de Estado: Mohammed VI Primer Ministro: Driss Jettou
PIB: 128 billones de dólares PIB per cápita: 4.000 dólares Crecimiento anual: 6,8% Inflación: 3.6% Principales recursos económicos: agricultura, manufacturas, pesca y turismo Principales socios comerciales: Unión Europea, Estados Unidos, Japón, Arabia Saudí y Brasil
Visados: El pasaporte es obligatorio para todos los visitantes. No necesitan visado los ciudadanos del Reino Unido, Unión Europea, Estados Unidos, Australia y Nueva Zelanda. En la mayoría de las grandes ciudades, tanto en su oficina de Inmigración como en el Bureau des Étrangers, se puede obtener la prolongación del visado de turista de tres meses. Condiciones sanitarias: La malaria acecha en las zonas costeras del norte de Marruecos, pero en general es uno de los países africanos que presentan menos riesgos sanitarios. Sin embargo, los tratamientos médicos pueden resultar caros. Hora local: GMT Electricidad: 220 V, 50 Hz (110 V en algunas zonas antiguas) Pesos y medidas: sistema métrico Rabat La capital, cuarta ciudad imperial, es una curiosa mezcla de la tradición histórica consolidada en un largo pasado y la modernidad establecida en el presente. Abd al-Mumin la fundó en el siglo XII, y utilizó la kasbah ("fortaleza") como base para luchar contra los españoles. Durante este período se construyeron sus edificios más famosos, como la torre Hassan y la Kasbah des Oudaias. Bastión para los musulmanes expulsados de España a principios del siglo XVII y capital del país sólo a partir de la ocupación francesa, en 1912, la atmósfera de Rabat recibe influencias del Islam y de Europa en casi idéntica medida. Pocos habitantes de Rabat están involucrados en el negocio turístico, lo que significa pasear por los mercados sin tener que protegerse contra la excesiva presión de los vendedores. Uno de los monumentos más famosos es la torre Hassan, el alminar inacabado de la gran mezquita, iniciado por Yacub al-Mansur. Un terremoto interrumpió su construcción en el año 1755. A su lado se alza el mausoleo de Mohammed V, abuelo del actual rey. La Kasbah des Oudaias, construida en el risco que se levanta sobre el Atlántico, alberga un antiguo palacio convertido en museo de arte tradicional. Más allá de las murallas se encuentran los restos de la antigua ciudad de Salé, cuyo Museo Arqueológico es uno de los más interesantes de Marruecos. Entre el histórico parque central (los Jardins Triangle de Vue ) y la principal estación de tren están localizados la mayoría de hoteles y restaurantes de Rabat. Los abundantes bares y cafeterías de esta zona disponen de toda la cerveza, kebabs, pizza, aceitunas y helados que uno pueda desear. El aeropuerto internacional Mohammed V se halla a poca distancia al este de la ciudad y muchos autobuses cubren el trayecto. Casablanca De todas las ciudades del mundo, Hollywood eligió Casablanca para inmortalizarla como el clásico enclave de sabor exótico y colonial. Los que esperen encontrar a un taciturno Humphrey Bogart en cada esquina se llevarán una gran decepción. Esta localidad no puede definirse como tranquila: es la mayor urbe de Marruecos y su centro industrial; una enorme e impetuosa metrópoli donde las burnouses (prenda tradicional) marroquíes parecen fuera de lugar ante la masiva presencia de los elegantes trajes propios de Occidente y las gafas de sol de marca. Esta ciudad portuaria sufría una grave decadencia hasta que los franceses, cuando convirtieron Marruecos en su Protectorado en 1912, decidieron restaurarla y construyeron grandes avenidas, parques públicos e imponentes edificios civiles de estilo morisco. La medina o barrio antiguo de Casablanca merece una visita, y la mezquita de Hassan II es una de las más grandes del mundo. En la plaza Mohammed V se encuentran los ejemplos más impresionantes de arquitectura morisca. Casablanca comparte el aeropuerto Mohammed V con Rabat, en el que se programan vuelos regulares desde y hacia Europa y Oriente Medio. Marrakech Catalogada como uno de los centros culturales más importantes de Marruecos, Marrakech es una activa ciudad famosa por sus mercados y festivales. En su trepidante núcleo urbano se encuentra la plaza Djemaa el Fna. Declarado patrimonio oral de la humanidad por la Unesco en mayo de 2001, este inmenso espacio abierto en el barrio antiguo acoge a malabaristas, narradores de cuentos, encantadores de serpientes, magos, acróbatas y toda una gama de lunáticos inofensivos. Sus zocos (mercados) se caracterizan por estar entre los mejores del país. Marrakech cuenta con una amplia oferta de hoteles asequibles que facilitan la exploración de la parte antigua de la ciudad. Entre los muchos atractivos del barrio antiguo destaca el anexo de la mezquita Koubba Ba'adiyn, de un peculiar estilo almorávide, la magnífica mezquita Koutoubia y el palacio Dar Si Said (donde se encuentra el Museo de las Artes Marroquíes). Los servicios de trenes y autobuses ofrecen trayectos regulares que comunican esta urbe del interior con Casablanca y Rabat. Fez La más inmemorial de las ciudades imperiales, Fez, es quizá uno de los símbolos de Marruecos. Sus laberínticas calles y su apagado esplendor potencian su aire misterioso y arrogante. La Medina de Fez el-Bali (antiguo Fez) es uno de los mayores emplazamientos medievales que existen en el mundo, y las puertas y murallas que le rodean potencian su magnificencia. A diferencia de muchas poblaciones fortificadas de su época, Fez no ha modificado sus límites originarios. Sus habitantes se han expandido hacia el suroeste y las laderas, formando un arco que se dibuja de norte a sur de la zona nueva. En la parte antigua, compuesta por 9.400 calles y callejuelas, se alza la Medersa Bou Inania, una escuela teológica construida en 1350. No lejos de este lugar se encuentra el Henna Souq, mercado especializado en tintes para el cabello y para tatuar las extremidades de las mujeres. Junto a la vieja urbe amurallada aparece Fez el-Jdid, sede de la comunidad judía, formada por edificios espectaculares. Entre las dos está emplazado Dar Batha, denominado en la actualidad Museo de Batha. La mejor manera de llegar a Fez es en ferrocarril desde Rabat, Marrakech o Tánger. Tánger Tánger es un emplazamiento irresistible y un popular puerto de entrada de turistas, además de haberse convertido en el lugar de residencia de algunos de los mayores delincuentes internacionales. Ubicada en el extremo norte de Marruecos, conserva un carácter cosmopolita y una fundada reputación de inspirar turbios negocios y extraños desajustes. El céntrico zoco chico es su principal atracción. Cuando Tánger era territorio internacional, entre 1923-1943 y 1945-1956, además de haberse convertido en el punto de encuentro de intelectuales y artistas de todo el mundo, esta zona servía de escenario a sórdidas formas de vida; en la actualidad todavía mantiene esta característica. La Kasbah es uno de los monumentos más atrayentes; en su interior alberga el antiguo palacio del sultán, Dar el-Makhzen, del siglo XVII, convertido en un interesante museo. Tánger dista cinco horas en tren de Rabat y desde España se arriba fácilmente en transbordador; también desde Gibraltar. Garganta del Todra Cerca de Tinerhir, una ciudad del Alto Atlas, al final de un frondoso valle poblado de palmeras y de aldeas formadas por chozas de barro, rodeado por un cerco de áridas y escarpadas montañas, se encuentra una de las maravillas naturales marroquíes, la garganta del Todra. Su altura se acerca a los 300 m y en su punto más estrecho la anchura es de tan sólo 10 m; un río de aguas cristalinas transcurre por él. Aunque el desfiladero principal se puede explorar en pocas horas, es recomendable que los visitantes que dispongan de más tiempo lo remonten en dirección a Tinerhir. A lo largo de esta ruta surgen numerosas kasbahs, cuyos habitantes son muy acogedores. La escalada se está convirtiendo en una práctica muy popular en la zona y acampar en los alrededores es también una alternativa atractiva. En la garganta y en sus alrededores puede elegirse entre los muchos hoteles que se han construido. Para los más aventureros, esta zona cuenta con una red de pistas forestales que unen las distintas aldeas situadas en las montañas del Atlas Medio y Alto. Los autobuses pasan con regularidad por Tinerhir en su ruta entre Marrakech y Er-Rashidia. Essaouira Es el destino costero más popular entre los viajeros independientes y, hasta la fecha, raramente se acercan los grupos organizados. Su playa, de gran belleza, se extiende varios kilómetros hacia el sur. Los que prefieran una localidad tranquila al regateo y a los empujones propios de las grandes urbes, se decantarán por Essaouira. Los fuertes de la ciudad vieja son una mezcla de arquitectura militar portuguesa, francesa y bereber, y su solidez le confiere un poderoso misticismo. La Skala du Port cuenta con buenas vistas; y aquí Orson Welles rodó parte de su versión de Othello. Volubilis A unos 33 km de Meknés se sitúa el emplazamiento de las mayores y mejor preservadas ruinas romanas de Marruecos. Volubilis data básicamente de los siglos II y III, aunque las excavaciones han puesto en evidencia que este lugar fue inicialmente fundado por los mercaderes cartagineses hacia el 150 a.C. Tan sólo existe un hotel en las cercanías, pero se han facilitado instalaciones para acampar. Trafaoute Esta discreta ciudad a medio camino de la costa Atlántica marroquí es un buen punto de partida para descubrir mediante excursiones las colinas que la rodean y los distintos poblados bereberes. En las afueras se encuentra un curioso conjunto de rocas pintadas en azul en 1984 por Jean Verame. El artista belga eligió una serie de piedras pulidas y redondeadas, típicas de esta zona. A diferencia de otras naciones norteafricanas, Marruecos ha estado habitado desde tiempos inmemoriales. Los bereberes, o imasighen ("hombres de la tierra"), se instalaron hace miles de años y llegaron a controlar todo el territorio comprendido entre Marruecos y Egipto. Divididos en clanes y tribus, siempre han guardado celosamente su independencia y precisamente esta característica les ha ayudado a conservar una de las culturas más fascinantes del continente. Los primeros bereberes se mantuvieron impertérritos ante las invasiones de los colonos fenicios, e incluso los romanos no consiguieron alterar su modo de vida tras el saqueo de Cartago en el año 146 a.C. Éstos trajeron consigo un largo período de paz durante el cual se fundaron muchas ciudades, y los nativos de las llanuras litorales se convirtieron en sus residentes. El cristianismo hizo su aparición en el siglo III y, una vez más, los bereberes afirmaron su tradicional oposición al poder centralizado convirtiéndose en seguidores de Donato (un líder sectario cristiano que alegaba que sólo los donatistas constituían la verdadera Iglesia). El Islam irrumpió en la escena mundial en el siglo VII, cuando los ejércitos árabes cruzaron su frontera. Conquistaron rápidamente Egipto y llegaron a controlar todo el norte de África hacia principios del siglo VIII. Tras esta invasión surgieron los almorávides, que ocuparon Marruecos y la Andalucía musulmana; fundaron Marrakech, a la que designaron como su capital, pero pronto fueron reemplazados por los almohades. Bajo estos nuevos gobernantes se estableció un cuerpo profesional de funcionarios y las ciudades de Fez, Marrakech, Tlemcen y Rabat alcanzaron el cenit de su esplendor cultural; pero, finalmente, debilitado por sus derrotas en España ante los cristianos, el gobierno musulmán empezó a flaquear. En su lugar vinieron los meronitas de las tierras del interior marroquí y la zona volvió a resurgir hasta que la culminación de la reconquista cristiana en España en 1492 desató las revueltas que borrarían a la nueva dinastía en menos de cien años. Después de la instauración y caída de varias dinastías de corta duración, en la década de 1630 la dinastía alauita impuso un dominio completo que sigue firme en la actualidad. Con su pragmatismo y a pesar de las dificultades, ha conseguido mantener a lo largo de más de trescientos años la independencia de Marruecos. A finales del siglo XIX se introdujeron los comerciantes europeos, y con ellos una larga etapa de renovaciones coloniales. Surgió entonces el interés de Francia, España y Alemania por invadirlo debido a su situación estratégica y a su riqueza en recursos comerciales. Los franceses vencieron y ocuparon prácticamente el país entero en 1912; España mantuvo un pequeño protectorado costero y Tánger fue declarado territorio internacional. El mariscal francés Lyautey respetó la cultura árabe. En lugar de destruir las ciudades marroquíes existentes construyó nuevas urbes en sus proximidades. Convirtió Rabat en la capital y potenció el puerto de Casablanca. El sultán permaneció, pero apenas como una figura simbólica. Los sucesores de Lyautey no fueron tan sensibles: sus esfuerzos por acelerar el dominio francés llevaron a las gentes de las montañas del Rif, encabezadas por el erudito bereber Abd el-Krim, a levantarse contra las fuerzas de ocupación. Únicamente la unión de los 25.000 soldados hispanofranceses pudo forzar finalmente a Abd el-Krim a rendirse en 1926. Hacia la década de 1930 más de doscientos mil franceses habían formado su hogar en Marruecos. Durante la Segunda Guerra Mundial las fuerzas aliadas utilizaron el país como base desde la cual expulsar a los alemanes del norte de África. Una vez finalizada la guerra, el sultán Mohammed V creó un partido independentista que finalmente aseguró la independencia marroquí en 1956. Durante el proceso se reclamó Tánger, pero España se negó a entregar las ciudades norteñas de Ceuta y Melilla, que hasta hoy permanecen como el último bastión español en África. Mohammed V se autoproclamó rey en 1957 y fue sucedido cinco años más tarde por su hijo, Hassan II. Este popular líder consolidó su carisma entre los marroquíes organizando la Marcha Verde al Sahara Occidental, antiguamente ocupado por España. Con una fuerza de 350.000 voluntarios, los seguidores de Hassan doblegaron a los saharauis para reclamar la zona, muy rica en minerales, como propia. Los aproximadamente cien mil habitantes del Sahara no aceptaron la invasión y reclamaron su independencia. El Frente Popular del Sahara Occidental para la Liberación de Saguia al-Hamra y Río de Oro (Polisario) inició una guerra de independencia. En 1991, las Naciones Unidas intervinieron en un acuerdo de alto al fuego y más recientemente han decidido mantenerse en la zona. Mientras que la población marroquí en general aplaudió la invasión del sur, ésta contrarió tanto a los vecinos argelinos como a los propios saharauis occidentales. Desde entonces, las relaciones de Marruecos con Argelia son muy precarias. En julio de 1999 el rey Hassan II, que había reinado como monarca absoluto (a pesar de algunos cambios semidemocráticos, en la constitución) durante 38 años, fue sucedido a su muerte en el trono por su hijo, el rey Mohammed VI, quien prometió eliminar la corrupción del gobierno, facilitar la libertad de prensa e institucionalizar una reforma democrática tan pronto como sea posible. En efecto, unos cuantos miembros pertenecientes al gobierno de su predecesor fueron despedidos, y Mohammed perdonó a dos periodistas encarcelados por haber cuestionado la política del primer ministro, aunque siete periódicos fueron clausurados por haber malinterpretado la escasa severidad del monarca por la autántica libertad de prensa. Las tan anheladas reformas democráticas chocan contra un muro en este país todavía anclado en sus raíces feudales. A pesar de todo, Mohamed VI parece más innovador en política social y sobre todo en la lucha por los derechos de la mujer. En 2002 contrajo matrimonio con Salma Bennani, una ingeniera informática. En 2004 el govierno adoptó cambios en la Ley de Familia, otorgando más derechos a la mujer en términos de matrimonio, divorcio y custodia de los hijos. Marruecos está formado por un elaborado mosaico de tradiciones artísticas. El nexo de unión del arte marroquí es la música, desde el estilo clásico que se desarrolló en la España musulmana y las tradiciones musicales narrativas de los bereberes hasta la fusión contemporánea de música africana, canción francesa, pop y rock. La música rai, más identificada con Argelia, es una tendencia emergente que, a pesar de sus ritmos claramente afroárabes (es una corriente inspirada en la música de los beduinos), es probablemente el estilo más occidental y combina una serie de instrumentos electrónicos para crear un efecto hipnótico. En Marruecos la danza es una disciplina que se desarrolla más bien con discreción (teóricamente las mujeres marroquíes no deben bailar). La más interesante es la danza circular, conocida como ahidous y proveniente de una tradición antigua y simbólica de los bereberes. La artesanía es otro elemento básico del país. La marroquinería es apreciada por los comerciantes desde el siglo XVI. Una herencia igualmente rica y que se mantiene en auge es la producción de alfombras, cerámica, joyería, artículos de bronce y tallas de madera. También son muy típicos los paneles pintados y tallados para la decoración. Los azulejos con elaboradas cenefas embellecen el interior de muchas madrasas y otros edificios religiosos, además de algunas mansiones. Las mashrabiyya, celosías que permiten a las mujeres musulmanas ver lo que ocurre en la calle sin ser vistas, todavía se construyen. Aunque estos elementos no suelen comprarse como recuerdos turísticos, sirven para demostrar que la artesanía marroquí no depende totalmente de las masas de visitantes. Marruecos ha inspirado a todo tipo de artistas extranjeros. El pintor francés Eugène Delacroix empleó mucho tiempo y material en retratar la imaginería marroquí después de su visita al país en la década de 1830. Las escenas de mercados, los harenes y las cacerías de leones fueron la temática central de sus telas desde aquel momento. Delacroix fue considerado en su época un poco atrevido. Un siglo más tarde Hollywood se apuntó a la moda de este país. Primero con Marlene Dietrich en Marruecos, seguida en 1942 del clásico Casablanca. Y cuando Peter O'Toole se paseaba por este territorio encarnando al protagonista de Lawrence de Arabia éste ya se había convertido en un espacio irreal para innumerables jóvenes occidentales. El darija, el árabe que se habla en Marruecos, difiere considerablemente del que se utiliza en Oriente Medio. En las zonas rurales se comunican por medio de varios dialectos bereberes, en especial en las montañas. En lo referente a costumbres y estilo de vida, Marruecos tiende a seguir su propio ritmo islámico, pero los hombres siguen marcando las normas. La estricta segregación de los géneros en la vida pública puede desconcertar a más de un visitante, aunque en las grandes ciudades hay una mayor mezcla y una mayor osadía de tendencias. La comida marroquí es buena y consistente; el plato nacional es el cuscús, sémola fina que suele acompañar el estofado de cordero con verduras. La bebida es el té con menta, pero ello no significa que sean abstemios: no hay ninguna ley que prohíba el alcohol. · Bowles, Paul: Cabezas verdes, manos azules, Ediciones Alfaguara, Madrid, 1997. · Ali Bey el Abbasi: Viajes por Marruecos, Ediciones B, Barcelona, 1997. · Ben Jelloun, Tahar: Día de silencio en Tánger, Edicions 62; Península, Barcelona, 1990. · De Foucauld, Charles: Viaje a Marruecos (1883-1884): precedido de itinerarios por Marruecos, José J. De Olañeta, Palma de Mallorca, 1998. · López García, Bernabé: Marruecos en trance, nuevo rey, nuevo siglo ¿nuevo régimen?, Editorial Biblioteca Nueva, Madrid, 2000.
|