Nombre oficial: Confederación Helvética Superficie: 41.295 km² Población: 7.310.000 hab. Capital: Berna (población: 130.000 hab.) Nacionalidades y etnias: 74% alemanes, 20% franceses, 4% italianos, 1% romanches Idioma: alemán, francés, italiano (oficiales) y romanche Religión: 49% católicos, 48% protestantes Régimen político: república federal Presidenta: Micheline Calmy-Rey
PIB: 233,4 billones de dólares PIB per cápita: 32.000 dólares Crecimiento anual: 2% Inflación: 2% Principales recursos económicos: banca, seguros, industria farmacéutica y química, instrumentos de precisión, turismo Principales socios comerciales: Unión Europea (especialmente Alemania, Francia, Italia y el Reino Unido), Estados Unidos, Japón Miembro de la UE: no
Visados: los ciudadanos de la Unión Europea, Estados Unidos, Australia, Canadá, Nueva Zelanda y Suráfrica no requieren visado; tampoco lo requieren los naturales de los países latinoamericanos a excepción de bolivianos, colombianos, ecuatorianos, peruanos y cubanos, que precisarán un visado para una estancia máxima de tres meses. Hora local: GMT+1; GMP+2, en verano Condiciones sanitarias: mal de altura, hipotermia, insolación Electricidad: 220 V, 50 Hz Pesos y medidas: sistema métrico Turismo: 11 millones de visitantes al año Zurich La ciudad más poblada de Suiza posee la reputación de ser la capital intelectual y cultural de la nación. Su estallido de creatividad más conocido se produjo en 1916, cuando emergió el movimiento artístico Dadá en el cabaret Voltaire. Curiosamente, en la misma época Lenin y Trotsky residían también en la urbe. En la actualidad, es más conocida por sus ejecutivos con trajes a rayas, sus galerías de arte y su capacidad por combinar mejor que nadie las finanzas y la estética (con la excepción de Sothebys). Está emplazada a unos 400 m sobre el nivel del mar, atravesada por el río Limmat, que desemboca en el extremo norte del lago de Zúrich. Las calles peatonales de la ciudad vieja contienen la mayor parte de sus atractivos turísticos: sinuosas callejuelas, edificios de los siglos XVI y XVII, palacetes y patios, así como infinidad de fuentes (cerca de mil treinta). La elegante Bahnhofstrasse se construyó en el emplazamiento de las murallas de la ciudad, que habían sido derribadas 150 años antes. Bajo las aceras se hallan las cámaras acorazadas de los bancos, atiborradas de oro, plata y otros botines, aunque no están abiertas al público (y no resulta difícil imaginar la razón). Para los amantes de los relojes, la torre de la iglesia de San Pedro, del siglo XIII, presenta la mayor esfera de reloj de Europa. La vecina iglesia de Fraumünster se caracteriza por las vidrieras de los ventanales de su coro, creadas por Marc Chagall cuando contaba 83 años de edad. El Museo de Bellas Artes posee una amplia colección permanente que incluye desde arte religioso del siglo XV hasta obras de Monet, Manet y Man Ray. El Museo Nacional Suizo, ubicado en un castillo al norte de la urbe, ofrece un detallado panorama de la historia de la nación y presenta una interesante sección de códices de la Edad Media. Para airearse después de las visitas culturales, resulta muy agradable pasear por las orillas del lago de Zúrich, que permite hacer picnic y practicar la natación y los baños de sol. Los albergues están ubicados en el perímetro del centro urbano, mientras que los escasos hoteles baratos se hallan en la orilla este del río Limmat. El alojamiento puede representar un problema durante los meses estivales, por lo que es aconsejable reservar con antelación. La vida nocturna se focaliza en las calles que rodean la Niederdorfstrasse; también existe un distrito especialmente alegre. El viajero no debe alarmarse si, al salir de un club el domingo por la mañana con los ojos nublados, se tropieza con una procesión de devotos feligreses que desfilan cantando himnos por las calles embrutecidas por el pecado. Ginebra Cómodamente asentada en las orillas del lago Léman, esta ciudad, limpia como una patena, pertenece tanto a la comunidad internacional como a los suizos: cerca de doscientas organizaciones internacionales tienen sus sedes en ella. Uno de cada tres residentes es extranjero, y prácticamente todos los problemas globales, desde la proliferación nuclear hasta la limpieza étnica, han aterrizado en alguna ocasión en las famosas mesas neutrales de negociación ginebrinas. Si bien pueden tratarse asuntos mundiales tenebrosos, alarmantes y peligrosos, la urbe en sí misma aparece limpia, eficiente y segura. Algunos visitantes han llegado a lamentar esta esterilidad, pero los ginebrinos no están dispuestos a soportar la agitación de banderas y los gritos reivindicativos. Ginebra goza de una estupenda ubicación, y los paseos en torno al lago y las excursiones en barca constituyen una excelente distracción. El teleférico que asciende al Mont Salève ofrece un agradable panorama. El río Ródano atraviesa la metrópoli, y el casco antiguo descansa en la orilla sur. El centro de la población está dominado por la catedral de Saint Pierre, mezcla de los estilos románico y gótico. Juan Calvino predicó en ella de 1536 a 1564, y el templo ilustra la austeridad de sus enseñanzas. La vecina place du Bourg-de-Four representa el barrio más antiguo de Ginebra. Antaño constituyó un foro romano, con posterioridad se emplazó un mercado medieval y, en la actualidad, está destinado a convertirse en un complejo de comercios para turistas. Por fortuna, prevalecen numerosas ofertas culturales que compensan los aspectos más kitsch. El Museo de Arte e Historia presenta una vasta y variada colección que incluye pintura, escultura, armas y arqueología. El compacto Petit Palais alberga una excelente y concentrada muestra de arte moderno. El Museo Internacional de la Cruz Roja y de la Medialuna Roja ofrece un repaso multimedia a través de las atrocidades perpetradas por la humanidad en su historia más reciente. Destacan también el espléndido Museo de Instrumentos Musicales Antiguos, el Museo de la Relojería y el Museo Voltaire. Ginebra presenta una vida nocturna aceptable, aunque resulta costosa. La presencia de tantos diplomáticos, administradores internacionales y banqueros se traduce en elevados precios para comer y alojarse. En ambas orillas del río pueden encontrarse diversos albergues y hoteles a un precio módico. Los restaurantes económicos se concentran en las inmediaciones de la universidad, así como al norte y al oeste de la estación de Cornavin. Lucerna Lucerna está anclada en el corazón histórico y paisajístico de lo que muchos consideran la auténtica Suiza: montañas espectaculares, lagos, cencerros, pueblos alpinos y prados repletos de edelweiss (pies de león). Esta encantadora población se asienta a ambos lados del río Reuss, en el margen oeste del lago de Lucerna, y constituye una base excelente para realizar excursiones. En la orilla norte del río, el pintoresco casco antiguo alberga edificios del siglo XV con fachadas pintadas, torres, un Ayuntamiento renacentista del siglo XVII y un par de puentes cubiertos dignos de la más típica de las postales. Al noreste del centro urbano se halla el imponente monumento del León, excavado en la roca en 1820 y dedicado a los soldados suizos que fallecieron durante la Revolución Francesa. En sus inmediaciones se encuentra el fascinante Gletschergarten (jardín glacial), donde una serie de glaciares prueban que hace veinte millones de años Lucerna constituía una playa subtropical rebosante de palmeras. El Museo del Transporte acoge trenes, aviones y automóviles, y ofrece la posibilidad de visionar el Swissorama, una película de veinte minutos y proyectada sobre una pantalla de 360º, que permite visionar los atractivos de Suiza mientras se viaja por aire, mar, carretera o a pie. El viajero que sienta la necesidad de aire fresco y ejercicio para digerir los riquísimos chocolates que está devorando, puede alquilar un patín de agua, botes de remo y kayaks, en el río Reuss o en el lago de Lucerna. Si, en cambio, precisa verduras frescas para combatir las calorías, existen mercados de frutas y verduras harto pintorescos a lo largo de los muelles del río. Región del Jungfrau La región del Jungfrau, al sur de Interlaken, posee unos paisajes que cortan la respiración. Las tres cumbres gemelas de 4.000 m -Jungfrau, Mönch y Eiger- dominan el área, y disponen de infinidad de teleféricos, funiculares, trenes cremallera y senderos de excursionismo que ofrecen puntos panorámicos impresionantes para quien no sufre de vértigo. Grindelwald es el centro de esquí y senderismo más característico de la región; en julio acoge un festival de canto yodle. Castillo de Chillon Esta fortaleza recibe más visitantes que cualquier otro edificio histórico de Suiza. El castillo de Chillon, que ocupa un sorprendente emplazamiento en el lago Léman, captó la atención del público cuando Lord Byron escribió acerca del destino de Bonivard (siglo XVI), un adepto de la Reforma encadenado al quinto pilar del torreón durante cuatro años. Byron grabó su propio nombre en el tercero. El fuerte, que se conserva en un estado excelente, data del siglo XI, y desde entonces se ha modificado y ampliado notablemente. Merece la pena pasar una tarde visitando la torre, los patios, los torreones y las numerosas salas que contienen armas, herramientas, frescos y utensilios de cocina. Está situado a escasa distancia a pie desde Montreux, el centro de la Riviera suiza. Castillos de la región bernesa En el centro de Suiza, justo al sur de Berna, se halla esta región poblada por grandes castillos e inmersa en el paisaje de las orillas del lago Thun. En la ciudad de Thun se puede visitar el Schloss Thun (siglo XII), situado en la colina. Contiene un estupendo museo histórico y desde su torre románica se puede gozar de magníficas vistas. Uno de los castillos más hermosos a orillas del lago es el Schloss Oberhofen (siglo XIII), que antaño perteneció a los Habsburgo y que posee una interesante colección de mobiliario antiguo, retratos y armas, así como un salón turco para fumar. El parque se ajardinó en el siglo XIX y constituye un lugar idóneo para pasear. El Schloss Hunegg, en la vecina Hilterfingen, fue edificado en la década de 1860 y restaurado en 1900. Se trata de una mezcla fascinante de estilos neorrenacentista y modernista, y posee un cuarto de baño de dos pisos, muy recargado, dotado de una bañera de níquel plateado. Los aficionados a los castillos pueden visitar las tres fortificaciones en un viaje en barco de una jornada. Zermatt Este ostentoso complejo de esquí y montañismo vive de la gloria que refleja una de las cumbres más famosas de los Alpes, el Cervino (4.478 m). Los esquiadores acuden prácticamente todo el año, gracias a los 230 km de pistas de la zona, orientadas principalmente a practicantes medios y expertos. Los viajeros más sedentarios pueden gozar simplemente de las sobrecogedoras vistas. Para apreciar magníficos panoramas del Cervino y de los picos de los alrededores, es preciso coger el popular tren cremallera hacia Gornergrat. Resulta sencillo pasear por Zermatt a pie (la ciudad es peatonal) y merece la pena explorar la zona del Hinter Dorf, repleta de casas de madera tradicionales del Valais. Un paseo por el cementerio constituye una provechosa experiencia para aspirantes a montañistas: así están inscritos en monumentos de piedra los nombres de quienes intentaron vencer al Cervino y al monte Rosa y no vivieron para contarlo. Los primeros habitantes de la región fueron una tribu celta, los helvecios. Los romanos aparecieron en escena en el año 107 a.C., a través del puerto de montaña de San Bernardo pero, debido a la dificultad del terreno, su conquista nunca llegó a ser total. Fueron expulsados gradualmente por la tribu germánica de los alamanes, que se estableció en la zona en el siglo V. El territorio quedó unificado bajo el Sacro Imperio Romano Germánico en 1032, pero el control central nunca resultó excesivamente estricto. Todo cambió con el dominio de la familia germánica de los Habsburgo, que se convirtió en la dinastía más poderosa de Europa Central. La expansión de esta casa real la encabezó Rodolfo I, que gradualmente fue sometiendo a los nobles. Después de la muerte del emperador, en 1291, los líderes locales contemplaron la circunstancia como una oportunidad para incrementar su independencia. En su pacto de mutua asistencia se ha querido ver el origen de la Confederación Helvética. Sus disputas contra los Habsburgo están idealizadas en la leyenda local de Guillermo Tell. Animados por sus tempranos éxitos, los suizos adquirieron conciencia de su propia expansión territorial y en 1499 obtuvieron la independencia del emperador Maximiliano I. Tras una serie de victorias militares, acabaron venciendo a sus enemigos gracias a la ayuda de una fuerza combinada de franceses y venecianos en 1515. Al advertir que no podrían luchar durante mucho tiempo contra potencias más fuertes y mejor equipadas, renunciaron a su política expansionista y declararon su neutralidad. La Reforma (siglo XVI) provocó convulsiones en toda Europa. Las enseñanzas protestantes de Lutero, Zuinglio y Calvino se extendieron con rapidez, aunque la Suiza central permaneció católica. Mientras el resto del continente luchaba en la Guerra de los Treinta Años, los suizos cerraron filas y se mantuvieron ajenos a la contienda. Al finalizar la guerra, en 1648, se les reconoció como un estado neutral en virtud del Tratado de Westfalia. Francia invadió Suiza en 1798 y estableció la República Helvética. Pero los suizos expulsaron a Napoleón después de su derrota contra los ejércitos británico y prusiano en Waterloo. En 1815 el Congreso de Viena garantizó la independencia y la permanente neutralidad de Suiza. En 1848 se aprobó una nueva constitución federal que en la actualidad, y en gran medida, se mantiene en vigor. La capitalidad se estableció en Berna, mientras se formaba una asamblea federal para cubrir las cuestiones nacionales. Suiza priorizaba ya los aspectos económicos y sociales; desarrolló industrias basadas fundamentalmente en mano de obra altamente cualificada, se construyeron redes viarias y ferroviarias que permitieron el acceso a regiones alpinas anteriormente inaccesibles, y contribuyeron al desarrollo del turismo. La Cruz Roja internacional se fundó en Ginebra en 1863, al tiempo que se introducía la enseñanza gratuita obligatoria. Los suizos han mantenido celosamente la neutralidad durante el siglo XX. Su única implicación en la I Guerra Mundial se centró en la organización de las unidades de la Cruz Roja. En la II Guerra Mundial, Suiza desempeñó un papel más tendencioso como sumiso saneador de dinero para la Alemania nazi. El antisemitismo suizo conllevó acciones como el cierre de las fronteras a los refugiados judíos y la repatriación forzosa de muchos de los que escaparon de la Europa ocupada por los nazis, a pesar de conocer de antemano el destino que les esperaba. Mientras que el resto de Europa padecía el doloroso proceso de reconstrucción después de los desastres de la guerra, Suiza estaba capacitada para expandirse por medio de una poderosa base comercial, financiera e industrial. Zurich se desarrolló como centro internacional banquero y de seguros, y muchos organismos internacionales, como la Organización Mundial de la Salud (OMS), establecieron su cuartel general en Ginebra. Ante el temor de que su neutralidad se viera comprometida, Suiza declinó su pertenencia como miembro de la ONU (de la que poseía un estatuto de observador) o de la OTAN. Sí se unió, en cambio, a la EFTA (Asociación para el Libre Comercio en Europa). En 1992 presentó su solicitud de entrada a la Unión Europea, y como preludio a su integración plena debía unirse a la EEA (Zona Económica Europea). Pero la estrategia del gobierno fracasó cuando, en el referéndum de diciembre de 1992, los ciudadanos votaron en contra de la entrada: la solicitud para integrarse en la UE quedó congelada. En la actualidad, el gobierno está emprendiendo un trabajo de base para conseguir una interacción más estrecha con el resto de Europa. En 1998 Suiza aceptó pagar 1.200 millones de dólares como compensación a familiares de las víctimas del holocausto, cuyos fondos estaban depositados en bancos suizos. En 2003, gana las elecciones un partido de extremaderecha. Así, el Partido Popular Suizo destrona a los partido burgueses que habían gobernado durante años. Suiza no posee una herencia artística de gran relieve, aunque grandes escritores y artistas extranjeros (como Voltaire, Byron, Shelley, James Joyce y Charles Chaplin) han residido o se han establecido en el país. Como contraste, muchos creadores suizos, como Charles Le Corbusier, Paul Klee, Albert Giacometti y Jean-Luc Godard, abandonaron la nación para hacerse un nombre más allá de sus fronteras. Herman Hesse, el escritor alemán nacionalizado suizo, es el autor local de mayor renombre; su novela Siddartha acompañaba a los occidentales que buscaban la espiritualidad y emprendían el viaje hippy a la India. El dramaturgo y novelista suizo-alemán Max Frisch estaba considerado uno de los autores más prestigiosos de Europa en la década de 1950. Su novela más vendida, Homo faber (1957), fue adaptada a la pantalla en 1991 por Volker Schlöndorff, bajo el título El viajero. Los escritos de Rousseau (siglo XVIII), que vivió en Ginebra, desempeñaron un papel importante en el desarrollo de la democracia. Carl Jung, que residía en Zurich, contribuyó al desarrollo del psicoanálisis moderno. La cultura popular suiza incluye el canto yodle, la trompa de los Alpes y la lucha suiza. El viajero no debería dejarse tentar por ninguna de estas actividades después de una noche en una taberna. El país refleja un crisol lingüístico constituido por tres idiomas federales oficiales. El alemán (en especial el dialecto conocido como Schwyzertütsch) lo habla aproximadamente el 66% de la población; el francés, el 18%; y el italiano, el 10%. Existe un cuarto idioma, el romanche, utilizado por un 1% de los suizos, sobre todo en el cantón de los Grisones. Esta lengua deriva del latín y resulta una reliquia lingüística que ha sobrevivido en el aislamiento de los valles de montaña. Suiza no posee una tradición gastronómica local relevante; de hecho, los platos suizos toman prestadas las mejores características de las cocinas alemana y francesa. Los quesos forman parte importante de la dieta. El Emmenthal y el Gruyère se mezclan con vino blanco para crear la fondue, que se sirve en una cacerola y se come con dados de pan. El rösti (patatas rayadas fritas y crujientes) se cuenta como el plato nacional de la Suiza alemana. El pescado fresco de los numerosos lagos aparece frecuentemente en los menús, en especial la perca y la trucha. El chocolate, excelente en sí mismo, se emplea con frecuencia en postres y pasteles. · Frisch, Max: No soy Stiller, Editorial Planeta, Barcelona, 1997; Homo faber, Editorial Seix Barral, Barcelona, 1991 · Shelley, Mary: Frankenstein, Plaza & Janés Editores, Barcelona, 2000 · Spyri, Johanna: Heidi, Ediciones Rialp, Madrid, 2000 · Vaucher, Michel: Los Alpes suizos, Ediciones Martínez Roca, Barcelona, 1984 · Mann, Thomas: La montaña mágica, Editorial Edhasa, Barcelona, 1997 · De Montaigne, Michel: Diario de viaje a Italia por Suiza y Alemania, Torre de Goyanes, Madrid, 1999 · Keller, Gottfried: Novelas de Zurich, Alba Editorial, Barcelona, 2000
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